Tuesday, May 9, 2023

DAFNIS EN EL LAUREL


No debí huirte, Apolo,
el roce de tus dedos
en mi espalda, el vaho fantasmal
de tu aliento sobre mi pecho, tus manos
eléctricas entre mis muslos sueltos...

Me pasmaba el relámpago de tus ojos,
el zumbido de tu voz 
en mis oídos me espantaba,
tu presencia invisible me bañaba 
en horror sagrado.

No debí eludirte entre la hojarasca
del bosque,
ni esconderme dentro de la áspera
corteza de los árboles.

Tendida la carne cobarde
contra la dura fibra,
me desgarra el potro de tormento
de la naturaleza dividida—
como a un brote de enebro
en un peñon batido por el viento—
por el sol abrasado de día,
de noche agachado bajo las estrellas frías.

Libérame, Señor Apolo,
de la guerra encarnizada
de cielo y tierra; libérame
de los terremotos y las granizadas,
de las tormentas repentinas y las sequías sofocantes.

Libérame, sobre todo, de los hombres, 
que andan con filos largos,
buscando cualquier cosa que puedan derribar.

Fresno me llaman, hecho para talar;
cedro me nombran, fácil de tallar;
ciprés me dicen, o pino o roble,            
leña para romper y quemar.
Así me acechan todos
sin misericordia ni piedad,
sin siquiera saber 
mi verdadero nombre.







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